El mar
y nada más
—¿Te gusta venir aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Por el mar.
Me sorprendió.
Esta Semana Santa hemos estado en casa de mis suegros, en el Maresme. Pensé que diría los abuelos, el jardín que no tenemos en Barcelona, la bici que aquí sí puede usar por el paseo. Algo que se hace. Algo que se tiene.
Pero no.
Dijo el mar.
Y ni siquiera lo estaba viendo en ese momento. Estábamos en la habitación, por la mañana, preparándonos para salir al parque. Terminando de coger algunas cosas. A lo nuestro, como cualquier otro día.
Luego, sí.
Luego el mar.
Ese mar con luz de primavera, de movimiento tranquilo, como si no tuviera prisa por ser verano. El paseo lleno de gente con ganas de que empiece algo. Camisas arremangadas. Niños corriendo con cometas, otros con los pies descalzos, probando el agua sin terminar de entrar.
Y nosotros mirándolo. Todos los días. Sin hacer mucho más.
—¿El mar?— le pregunté extrañada.
—Sí. Es tan bonito.
Y ahí me dejó descolocada.
Porque yo también voy por eso. No por bañarme. Por mirarlo.
Pero en mi cabeza eso nunca había contado como argumento. Era más bien lo que pasaba entre una cosa y otra. Nunca lo habría dicho así. No lo habría puesto como motivo.
Para Julia no. Eso ya era razón. Tan limpio. Tan suficiente. Ni siquiera pensó en bañarse, ni en jugar, ni en nada más. Solo en mirar.
Me hizo pensar en la cantidad de veces que necesito llenar los días para sentir que han valido la pena. Organizar, proponer, aprovechar.
Como si estar no fuera suficiente. Cuando en realidad lo es.
Basta con que algo sea bonito.
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