Máximo de feliz
Lo poco espectacular que es una buena vida
El otro día, al volver de un paseo en bici por el paseo marítimo donde solemos veranear, Julia aparcó la bici en el jardín y dijo:
—Nunca más seré más feliz.
Le pregunté si quería decir que nunca sería más feliz que en ese momento.
—Sí.
—¿Eres feliz?
—Mucho, mamá. Estoy en el máximo de feliz.
No sé bien por qué estas frases de infancia tienen esa capacidad de atravesarte. No por lo que dicen, sino por la seriedad con la que lo dicen todo.
Como si la vida pudiera entenderse de golpe, sin contexto.
Me quedé mirando cómo se distraía con otra cosa en el jardín. No pasaba nada especial. El tipo de nada que normalmente no se cuenta.
Y pensé que quizá la felicidad se parece más a esto. A una tarde que nadie fotografiaría dos veces.
Lo poco espectacular que es una buena vida.
Desde fuera, una vida feliz no tiene argumento. No tiene giros. No tiene urgencias. Se parece demasiado a lo mismo de ayer. Los mismos desayunos. El mismo marido. Las mismas rutinas. Los mismos uniformes. La misma ciudad.
La misma manera de volver a casa sin pensar demasiado en el trayecto.
Si uno no mira con cuidado, podría confundirla con una vida que no está pasando nada. Y sin embargo, dentro, hay algo que no se ve y que es constante.
Hay vidas que no llaman la atención porque nadie mira dos veces lo estable. Se parece demasiado a la normalidad como para ser reconocida como algo importante.
Pero a veces todo eso se deja ver durante un instante.
Cuando una niña de casi seis años dice “estoy en el máximo de feliz”, como si hubiera encontrado una palabra exacta para algo que los adultos vamos perdiendo.
Ocurre que el cuerpo reconoce la seguridad sin necesidad de explicarla.
La vida está más ahí que en los grandes hitos. En esa repetición que, de tan constante, deja de pedir pruebas.
Pienso muchas veces que los lugares donde pasan las cosas importantes no tienen ninguna señal que los anuncie.
A veces son cocinas con platos por fregar. Bicicletas apoyadas en la pared. Sábados sin plan. Conversaciones a media voz mientras alguien busca calcetines que no aparecen.
Lo más importante no suele sentirse importante mientras ocurre. La vida no avisa cuando transcurre. No se presenta con ceremonia y dice: “esto es felicidad”. Simplemente pasa.
Supongo que esa es la trampa y el regalo: que lo que más importa no tiene aspecto de acontecimiento.
Tiene aspecto de martes.
Si este texto te ha hecho pensar en alguien, quizás también le guste leerlo.


